Manolo y Manuel (II)

cafe

Cynthia, al ver a Manolo, comenzó a caminar hacia su mesa contoneándose para que nadie pudiera evitar percatarse de su presencia.

-No, esto no me gusta. Demasiado largo, los lectores buscan una acción más rápida.

Manuel, que regresaba de su almuerzo, empezaba a captar ciertos detalles que le serían muy útiles en un futuro. Era cierto que sus lectores querían una escritura más dinámica. No en vano, los libros de Manuel eran como el porno de la novela romántica: directos, bruscos y sin ningún rastro de sensibilidades. Probablemente por ello su público era mayoritariamente masculino, las mujeres suelen tener mayor gusto para las artes.

-Reescribiré su entrada… Lo anoto al margen que sino me bloqueo.

-Hola, ¿Qué tal? ¿Hace mucho que esperas?
-…Hola. No, sólo cinco minutos. Bien… ¿y tú?
-Bien, gracias. Es que había tráfico.

Es innegable que Manuel deja una gran huella autobiográfica en sus personajes, pero los titubeos de Manolo son prácticamente una fotografía de Manuel cuando conoció a Marta, su ex-mujer. Aquello fue una historia tortuosa, primero de amor, luego de constantes malentendidos y decepciones, pero siempre muy dolorosa. Por suerte para ambos, aunque Manuel aún no piense lo mismo, terminó hace tres veranos. Fue entonces cuando Manuel se atrevió a dedicarse en exclusiva a sus novelas, más motivado por el despido de la redacción donde trabajaba que por un acto de valentía.

-Estás muy guapa hoy.
-Siempre me dices lo mismo…
-…Pero es que es cierto.
-Bueno, ¿qué es eso tan importante que querías contarme?
-Es… Es que estoy algo nervioso, aún no es algo seguro…
-Pero cuéntamelo igualmente hombre, que veo que te hace muchísima ilusión.
-Pues la verdad es que sí. Bueno… allá va: Me han llamado de la editorial Satélite, que quieren publicar mi próxima novela.
-¡Eso es magnífico! ¿Pero aún no la tienes terminada, verdad?
-No, pero dicen que les interesa captar a lectores como los míos, que no son muy habituales y que confían en que la proxima novela tenga una aceptación similar a las anteriores.

-Disculpen, ¿qué les apetece tomar?
-Dos cafés, uno con sacarina, por favor.

Manolo no solía tomar la iniciativa, de hecho era la primera vez que pedía por ella, pero la conocía bien y la excitación por el asunto de la editorial lo había envalentonado. En ese momento, Manolo se dio cuenta de lo que acaba de hacer y se sonrojó ligeramente al mirar a Cynthia pidiendo su aprobación. Ella no pudo reprimir la carcajada.

-¿Te ríes de mí? No me importa, estás preciosa cuando ríes.

Manuel jamás se hubiera atrevido a decirle eso a Marta cuando la conoció, de su personaje lo único que era real era sonrojarse. Manuel se sonrojaba y mantenía largos silencios, ya fuera escuchando a Marta o simplemente por no saber realmente que decir. Quizá por eso empezó su historia, a ella le encantaba que supiera escuchar y le parecía tan tierno ese rubor continuo. Tampoco era real que una editorial tan importante se hubiese interesado por él, pero en sus libros podía soñar libremente a través de sus personajes, o eso creía.

Manolo y Manuel

cafe

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No sé si soy al único que le pasa, pero las horas en las cafeterías son muchísimo más rápidas.

-Céntrate Manuel, que esa es peor introducción que la de la Biblia, que ya es decir.

Manuel, cincuentón por vocación y escritor por obsesión. Hablaba solo, como de costumbre, mientras buscaba el modo de comenzar su última novela. Última y primera, pues en su vida había pasado de las cuatro páginas de algún cuento mediocre, de esos que no sirven ni para calzar la mesa de la cocina.

Manolo esperaba a Cynthia en el Café de la Catedral. Fumaba un cigarro mientras jugaba con el servilletero de la mesa que le tenían reservada todas las tardes.

-Sí, eso sí. Esta vez funciona, esta vez no me rechazarán en la editorial…

Seguía con su monólogo intentando recibir los ánimos que nadie más le brindaba, sin importarle saber que su otro yo le estaba mintiendo, que ambos sabían que aquel iba a ser otro fracaso de no más de quince párrafos incoherentes y desmembrados.

Manuel se había hecho a sí mismo, quiero decir, que nadie le había explicado al pobre diablo lo decadente de ponerle nombres extranjeros a las protagonistas femeninas, como si eso por sí mismo las hiciese sensuales. Es evidente que tampoco había reparado en que, de los pocos amigos que tenía y de los menos que seguían sus andanzas literarias, todos atribuirían el nombre del protagonista a un intento de reescribir la propia biografía o, peor aún, a una incipiente esquizofrenia.

Desde su mesa había una vista magnífica del paseo de la Alameda, pero estaba tan acostumbrado a ella que prefirió ojear el periódico local. Cynthia llegaba en ese momento, impuntual como siempre, llevaba una gabardina cerrada color hueso y unas botas negras con unas medias del mismo color. El resto quedaba a la imaginación.

-Es hora de comer, será mejor que lo deje.

¿De verdad creerá Manuel que una gabardina y unas botas son suficientes para provocar una escena de tensión sexual? Habrá que esperar a que vuelva de comer para saber si con las páginas va mejorando…