El cuaderno

Coloreabas, entre absorto y despistado, un cuaderno antiguo, desgastado por el uso. -En realidad sólo es una funda de piel, las hojas se compran en bloc, como recargas, es de los pocos fetiches que tengo- me decías con media sonrisa, como quien cuenta la historia a medias, como si los arañazos sobre la piel del cuaderno pudiesen explicar todo lo que callabas.

Era tu forma de inspirarte, buscabas así tu próxima creación. Quizá no era arte, pero siempre era una obra. -Aprovechar bocetos, ideas y conceptos de tu propio trabajo es plagiar a alguien que se dará cuenta- solías decir en las fiestas, riéndote de la gravedad que muchos de los eternos presentes se arrogaban.

Así te conocí unos años atrás, coloreando, en alguna cafetería del centro. Es curioso como a veces se pierden los detalles de las cosas más trascendentes. Pero así soy yo, me centro más en las emociones que en los hechos, puede que sea lo que nos une y nos separa al mismo tiempo. Por eso recuerdo que coloreabas en un cuaderno, pero no en qué cafetería ni qué hacía yo allí, tan lejos de todo. Probablemente tú recordarás qué buscabas entre todos esos bosquejos, por qué habías preferido trabajar en la mesa de mármol de una cafetería ruidosa en lugar de en tu estudio.

-Los hechos no sugieren una emoción, pero los dibujos sí. Sólo hay que saber leerlos- me dijiste en una ocasión. Lo recuerdo, porque es de las pocas veces que sentí que significaba algo para ti, que era algo que me decías de corazón, casi un consejo vital. Normalmente ibas derramando frases que dichas por cualquier otro podrían parecer una guía filosófica, una venta de ideas por aparentar, propaganda barata y vanidosa. Pero tu voz era siempre sincera y lejana, se notaba que a menudo pensabas en voz alta, dejaba de importarte quién te acompañase y volvías a quedar atrapado en ese mundo de trazos débiles e ideas fuertes. Nunca tuve claro si te adentrabas en él para refugiarte o bien si te atrapaba de improvisto y lo que tratabas era de huir.

Huir. Quizá era eso lo que hacía en esa cafetería, tan lejos de todo. Cuando te conocí coloreando ese cuaderno y me asomé a tu vida, podría ser que buscase sentido a la mía. Seguramente fue eso lo que me hizo querer saber más de ti. Años después, sigo mirando desde el otro lado del espejo. Sigues coloreando, buscando tu obra. Y yo, sin saber cómo sacarte de él.