Notas en el aire

Rosa roja

La música del piano suena de fondo, en su imaginación puede ver las notas escapando del marfil de las teclas y esquivando las hábiles manos del artista. Tras una breve danza en el aire, se posan sobre el suelo convirtiéndose en alfombra floral.

Sentado en el suelo, con los brazos rodeando las rodillas, casi puede sentir la humedad aterciopelada de los pétalos. Se pregunta por qué no puede ser siempre todo tan luminoso, con los colores rellenando estampas de postal, la música calma inundando el alma. Y es que siempre que las letras escapan de su pluma están empapadas de oscuridad.

Un melancólico violín le da la respuesta:

Cómo evitar la tétrica melodía de los días, cómo evitar la niebla en la mirada, cómo olvidar el frío de esa noche eterna…
… si no puedo empujar las horas a tu lado, compartir tus sueños y habitar tu piel…

El jardín del olvido y la memoria

 

Para una persona tan especial, como lo es ser consciente

de la belleza que hay en el mundo. Feliz cumpleaños.

 

Jardín del olvido y la memoria

Olvida el color del asfalto, aquí todo es de un verde perenne. Salpicado aquí y allá por diminutas flores de los colores que el arco iris olvidó.

No, no es un sueño. Estamos aquí de verdad, en los jardines de la memoria. La calma y la armonía del lugar quedaron atrapadas en algún rincón del recuerdo. Como nosotros. Algo nuestro también se quedó allí, para siempre.

Y es bonito pensarlo, en aquel lugar estaremos siempre juntos, como espíritus o sombras, como sueños o fantasías materializadas, como las fragancias de las flores tras la ventana, como esencias que se niegan a salir de su frasco…

En el jardín del olvido podremos ser, ser eternamente.
Al jardín de la memoria podremos volver, recordando, eternamente.

En el jardín del olvido y la memoria, podremos ser eternamente, sin tener que volver a ninguna parte. Ser. Ser, lo que aquí no podemos.

Construyendo deseos

En el restaurante, frente a ti, tú miras la decoración. Aprovecho para mirar la cascada de luz sobre tu cabello. Mientras convierto el pelo en seda y la luz en piel, me sacas de mis ensoñaciones con una sonrisa en la boca.

Restaurante

-Minimalista, me gusta.

No sé si me habrás visto mirarte, pero te enciendes un cigarro como si no te importase. El tiempo transcurre apacible, como aquellos sueños en los que los pies son viento que fluye sobre el agua. Te distraes mirando las mesas cercanas, ninguna parece tener tan buena historia…

-¿Han decidido qué desean cenar?

Te has dejado las gafas en casa y he tenido que pedir por ti. Me pone algo nervioso tener la responsabilidad de escoger lo que comerás, pues apenas nos conocemos, pero intento esconder esa vergüenza explicándote cómo conocí ese local. Tus ojos siguen la conversación atentamente, pero tu sonrisa me dice que me ves algo tenso e intentas tranquilizarme. Y lo consigues.

-Disculpen. «Gyuniku no tataki» y «agedashi dofu». Buen provecho.

Mientras descubres los aromas que escapan danzando del plato, vuelvo a tu cabello. Me hechiza. Siempre me ha impresionado la habilidad de los colores oscuros para brillar en ciertas circunstancias, pero tu cabello es simplemente magia. Cae liso, como un pedazo de cielo de luna nueva por el que navegasen las estrellas.

Empezamos a cenar y, tras unos instantes, retomamos la conversación. Mis ojos vuelven a posarse sobre los tuyos, tu mirada me tranquiliza. De algún modo me están diciendo que estás a gusto, no hay rastro de nerviosismo o temor, tal vez sí de curiosidad.

Entre bromas y conversaciones inconexas, terminamos el primer plato. Te enciendes otro cigarrillo, esta vez te acompaño. Tu sonrisa tiene tanto de esos sueños que tras despertar se quedan como fantasía, como cuento de hadas, ya de por vida…

-«Sushi», nueve variedades, para compartir.

La imaginación despliega sus oníricas alas. No era nada planeado, pero hay una sucesión de imágenes que cabalgan desbocadas por mi mente. Veo los palillos de madera chocando entre sí para robar el uno al otro un pedacito de comida. Los veo forcejear, juguetear olvidándose de la comida, que nunca fue el motivo. Los dedos se rozan sin intención y sin excusa. Y vuelven a hacerlo, cargados de intención y sin culpa. Las manos se acarician. Te levantas, a medio camino del pasillo que va hacia el baño, te das media vuelta y me lanzas una mirada que no requiere explicaciones…

Me preguntas cómo cogerlo. Las imágenes desaparecen. Lo malo de los sueños y las fantasías es que, al despertar, se desvanecen sin dejar que te aferres a la estela de humo que dejan tras de sí. Lo bueno, es que también se pueden construir con el deseo.

-Coge los palillos así. Ahora pon un palillo a cada lado del arroz. Ya lo tienes, ¿y si te lo quito?

Y los palillos entrechocan. Y los dedos se rozan. Y las manos se acarician…

para seda-azul, mi deseo