Mentes abstractas

 

“Eres muy simpático con gripe” me dijeron ayer de forma irónica. Hoy he comprobado que es cierto, que el malestar general me tiene más irritable de lo habitual. Que me cuesta poner buena cara a los clásicos “yo-esto-no-sé-hacerlo” y a los “tenemos-que-hacer-esto-pero-yo-no-voy-a-ser-y-a-ti-no-te-voy-a-dejar”.

 

Nada extraño, por otra parte. Parece bastante lógico que si no te encuentras bien no tengas ganas de poner buena cara a cosas que de entrada nunca estuvieron bien. ¿Verdad? Porque no hay que darle demasiadas vueltas a la cabeza para encontrar en el mundo laboral muchísimas situaciones que no son ni justas ni coherentes.

 

Así que más que permitir que la lengua flagele a los indignos por pura frustración, lo que hago es preguntarme qué es lo que hace que estas personas no sean más que mentes abstractas. Desde el punto de vista de la falta de concreción: no concretan sus ideas, no ejecutan sus planes…

 

Si fueran arte serían forma, o color. Siendo estructuras vacías no pueden ni representar.

 

 

 

Fotografiando el camino

Hace mucho tiempo que me gusta la fotografía. Podría decirse que toda la vida. Recuerdo que de pequeño me encantaba usar la pequeña cámara compacta, obviamente de carrete. Recuerdo lo feliz que fui la primera vez que me dejaron que me la llevase a una excursión. Tengo imágenes de mi padre enseñándome su cámara réflex, mostrándome los diales con los que se controlaba.

Es curioso, creo que en algún momento de la adolescencia borré todos esos recuerdos felices de la infancia. Los de la fotografía y los otros. En algún momento me perdí en esa espiral de sombras que te deja desnudo frente a la vida adulta. O así me sucedió a mí. Fue sin darme cuenta, no era consciente de ello. Poco a poco, tras las sucesivas introspecciones, buscando lo que todos buscamos sin saber qué es, me di cuenta de que había algunas cosas felices que quedaron atrás. Cosas que quizá no era demasiado difícil recuperar.

De las cosas perdidas, una era la escritura. Había vuelto sola. Es algo que viene y va, que me posee y me abandona. Otra era la fotografía. Decidí que me compraría una cámara compacta. Ya asentada la era digital, ahora era mucho más barato practicar hasta conseguir algo medianamente decente. Maldito perfeccionismo, aún me acompañaba. Y lo hice. Me compré una cámara compacta digital y empecé a hacer fotografías por hacerlas, por practicar. Luego aprovechando cualquier excusa, cualquier viaje para hacer todas las fotos posibles. Nunca personas, siempre arquitectura o paisaje. Soy así. Busco lo artístico y a veces olvido lo real. Últimamente, ya había llegado el punto en el que organizaba excursiones o viajes sólo como excusa para poder hacer fotos. De complemento a motivo. Era hora de dar un paso más. Al fin y al cabo, ¿cuántas cosas que te proporcionen felicidad están únicamente en tus manos? (Llegado este punto, debo reconocer que esta reflexión se la debo a una amiga)

Así que por fin lo he hecho. Me he comprado una cámara réflex digital. Y el primer hito importante será Istanbul, con su Gran Bazar, su Mezquita Azul, su Aya Sofia, su Cuerno de Oro  y todas esas otras cosas que nos quiera mostrar. Mientras tanto, seguiré fotografiando el camino. Seguiré desandando la vida hasta esa felicidad que algún día tuve, en esa infancia olvidada.

PD: La fotografía que encabeza esta entrada corresponde a la primera salida con la nueva cámara. Podéis ver el resto de las fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/mikypetit/sets/72157625403255838/

Una “X” roja

Una “X” roja en un cuaderno usado. Un banco mitad al sol, mitad en sombras. “¿En que se parece un cuervo a un escritorio?”

“Soledad norte más soledad sur”. Dos baldosas que encajan y, sin saberlo, forman parte del camino de un parque. Estatuas sin sentido pero llenas de significado. Pájaros que en lugar de trinar amartillean las horas de un reloj ya de por sí confuso.

El banco que se decide por el sol, las sombras que se van. O se iban, al fin y al cabo “bajo un ciprés sólo se cobija uno”.

Una “X” roja en un cuaderno usado. ¿Pasar página o intentar salvarla? Salvar la página, salvarla a ella.

El viento mece las palmeras que el sol insiste en achicharrar. Otra soledad, misma soledad sur.

Un teléfono que no suena, un miedo que crece.

Un banco al que no le queda más sombra que la propia. ¿Serán las sombras como el agua, que tiende a buscarse hasta el final? ¿Serán los finales como el viento, que no deja de rugir?

Una sombra pensativa, una “X” roja en un cuaderno usado, una página que no sabe si salvarse, un banco que alterna luces y sombras, un viento paciente y una mujer hermosa que no puede dibujarse porque hay una “X” roja en su cuaderno usado.

(*)PD: La magnífica fotografía es de India http://www.flickr.com/photos/creatuvida/3462778549/, muchas gracias por dejarme usarla.

Dirección

Dirección

A veces uno no sabe hacia donde se dirige. Los caminos marcados son tan obvios que asustan. El sol a lo lejos, el cielo naranja, ¿amanece o anochece?

Los coches esperan, las personas no. El sol sigue inmóvil y unos tubos de acero sostienen nuestra quietud.

Una foto sobre el escritorio. Calma irreal. Nada es estático, un instante antes estaba en un lugar, un instante después estará en otro distinto.

En aquella dirección. Si pudiéramos coleccionar instantáneas futuras sabríamos la dirección.

No te pares, no está rojo, nada es estático. La vida no se para. Una mala decisión siempre es mejor que ninguna.

¿Amanece o anochece?

Quinientos (500) comentarios

Hoy ha pasado algo que hacía tiempo que veía acercarse lentamente, aunque con paso firme y decidido.

Hoy, queridos lectores, habéis superado la cifra de los quinientos comentarios, cosa que me hace muchísima ilusión.

Nunca he celebrado los años de vida del blog, aunque tenga ya su tiempo (setiembre de 2004, para más señas). No me parecía un hecho destacable. Un día decidí hacerlo, lo monté y ya está. Eso no tiene mérito.

Pero llegar a los quinientos comentarios, eso sí que tiene mérito. Todo aquel que se haya paseado por aquí alguna vez sabrá que nunca he sido demasiado regular en mis posts, que mis sombras a veces se atascan durante meses y el blog queda más a oscuras que nunca.

Y a pesar de ello, a pesar de las lagunas, de las ausencias, de las sombras, muchas veces más tristes de lo que a muchos os gustaría, habéis continuado acompañando a esta tortuga digital, motivándola en su viaje, viviendo a medias pedacitos de sueños.

Gracias. Gracias de corazón, no podéis imaginar lo que me aportáis.

500

Y para suavizar el discurso y hacerlo más ameno, os mostraré cuál ha sido el comentario que ha hecho la cifra redonda:

que le coma que le coma!!!!
(DavidG, 20 de Marzo de 2009 a las 10:41)

Y lo más increíble es que es lo que parece, no es por estar sacado de contexto. Así que recordad niños, tened cuidado con lo que decís, nunca se sabe cuando las palabras de uno van a quedar esculpidas en la dura roca de la historia. ;)

Manolo y Manuel (III)

camino

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-Me gustaría celebrarlo invitándote a cenar al Orillas del Danubio.
-Ya sabes que es mi restaurante favorito. ¿Cómo podría negarme?
-¿Te recojo a eso de las nueve y media?
-Estupendo.

A Manolo se le estaban abriendo las puertas del cielo y se le notaba en la expresión de la cara. Tenía una sonrisa de esas de satisfacción conocedora de que lo mejor está por llegar.

-Disculpa Manolo pero se me está haciendo tarde, tengo que hacer unas gestiones.
-No te preocupes, me alegra que hayas podido venir. Entonces, te recojo mañana a las nueve y media.

Cynthia dio dos besos a Manolo, se dirigió a la barra para pagar las dos consumiciones y salió del local contoneándose tal como había llegado.

Manolo se quedó absorto mirando como se alejaba, como su cabello, que caía más allá de la mitad de su espalda, se balanceaba al paso de sus rotundas caderas. Tan absorto, que no escuchaba nada de lo que sucedía a su alrededor.

-Disculpe, le preguntaba si había terminado con el periódico.
-Ah… sí. Perdóneme. Aquí lo tiene.

Cuando volvió a mirar hacia la puerta, Cynthia ya había desaparecido. Aunque estaba seguro de que no se habría girado para mirar atrás, ella nunca lo hacía.

Manolo y Manuel

cafe

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No sé si soy al único que le pasa, pero las horas en las cafeterías son muchísimo más rápidas.

-Céntrate Manuel, que esa es peor introducción que la de la Biblia, que ya es decir.

Manuel, cincuentón por vocación y escritor por obsesión. Hablaba solo, como de costumbre, mientras buscaba el modo de comenzar su última novela. Última y primera, pues en su vida había pasado de las cuatro páginas de algún cuento mediocre, de esos que no sirven ni para calzar la mesa de la cocina.

Manolo esperaba a Cynthia en el Café de la Catedral. Fumaba un cigarro mientras jugaba con el servilletero de la mesa que le tenían reservada todas las tardes.

-Sí, eso sí. Esta vez funciona, esta vez no me rechazarán en la editorial…

Seguía con su monólogo intentando recibir los ánimos que nadie más le brindaba, sin importarle saber que su otro yo le estaba mintiendo, que ambos sabían que aquel iba a ser otro fracaso de no más de quince párrafos incoherentes y desmembrados.

Manuel se había hecho a sí mismo, quiero decir, que nadie le había explicado al pobre diablo lo decadente de ponerle nombres extranjeros a las protagonistas femeninas, como si eso por sí mismo las hiciese sensuales. Es evidente que tampoco había reparado en que, de los pocos amigos que tenía y de los menos que seguían sus andanzas literarias, todos atribuirían el nombre del protagonista a un intento de reescribir la propia biografía o, peor aún, a una incipiente esquizofrenia.

Desde su mesa había una vista magnífica del paseo de la Alameda, pero estaba tan acostumbrado a ella que prefirió ojear el periódico local. Cynthia llegaba en ese momento, impuntual como siempre, llevaba una gabardina cerrada color hueso y unas botas negras con unas medias del mismo color. El resto quedaba a la imaginación.

-Es hora de comer, será mejor que lo deje.

¿De verdad creerá Manuel que una gabardina y unas botas son suficientes para provocar una escena de tensión sexual? Habrá que esperar a que vuelva de comer para saber si con las páginas va mejorando…