Aquest cop l’harmònica…

Aquest cop és l’harmònica
qui arrenca els gemecs a la boca
i no pas a l’inrevés.

Són sons de record,
són llàgrimes d’enyorança,
són plors d’infant perdut.

Instrument amarg que treus l’aire de l’ànima
no matis l’oblit buidant-li les venes,
perquè quan no hi és ell no hi ha res,
perquè l’oblit implica l’existència.

Mentre tu toques les estrelles minven,
el mar s’enfosqueix.
Mentre tu toques,
retorna el neguit de saber que ell no tornarà.

No són tons d’òpera.
Són els crits d’esglai per el malson que començà quan va marxar.
Són els crits d’esglai d’una lluna que el troba a faltar.

Escribí este texto en abril del año 2002, creía haberlo publicado ya. Si lo hago ahora es porque justo hoy hace diez años que la armónica dejó de sonar. Queda todo tan lejano, que ni siquiera recuerdo bien cómo sucedían esos cambios de idioma en una misma frase. Ni siquiera recuerdo bien cuál era su voz. Y sin embargo, sigue tan viva su ausencia.

Hace diez años que la armónica dejó de sonar y desde entonces reposa en un cajón, bajo mi cama. A veces la saco de su estuche, la miro y pienso en tocarla, en que vuelva a sonar. Pero es que hace diez años que dejó de sonar y ni siquiera recuerdo su voz…

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De invierno a primavera (II)

Primavera. Queda lejos el invierno. Tanto que hasta que no lo pienso no vuelven los recuerdos de días afilados y sábanas de cartón.

Salgo a la calle. El sol regando los campos que resplandecen de un verde brillante mecidos por la brisa. Al compás, la piel siente el baile del viento. Un baile que avanza y retrocede, que gira y se sostiene. La sonrisa se ensancha. A mis ojos, la belleza lo impregna todo. Puede que sea un estado mental, pero es como ese tono saturado de las fotografías de las revistas de glamour, tiene ese algo irreal que magnetiza.

No importa demasiado lo que hagas hoy mientras no te impida llegar a mañana.

La jornada vuela, soñando el mañana quizá, disfrutando el presente. Claro que importa lo que hagas hoy. Claro que importa que sonrías. Pero es que ya no te cuesta nada. El sol lo ha inundado todo. La luz ha teñido de tonos rojizos la piel, los arboles, el camino…

Regreso a casa, pienso en ello. ¿Ser conscientes de la propia felicidad es lo que nos hace humanos? Puede que no, pero es lo que nos hace felices.

Feliz, soy feliz.

¿Cuánto hace que no puedo decir eso? ¿Lo había visto tan claro nunca? Es ser consciente lo que lo hace magnífico. Poder saborearlo. Es como cuando estás a dieta y haces una excepción: ese helado que hace tanto que no probabas y que no sabes cuando volverá. Eso lo hace aún mejor.

Tropiezo con una piedra. Casi me caigo, ha dolido un poco el golpe… Vuelvo a reflexionar.

¿Ser feliz te hace más reflexivo? ¿Ser feliz es no sentir los golpes?

Claro que no, por mucho que digan, ser feliz no es volverse idiota. Es que no te importe que te lo llamen.  Es que sepas que el golpe pasa y la sonrisa permanece. Es pensar, o sentir, o reflexionar, sin que haya una clara barrera entre ellas…

Llego a casa. ¿Estarás? Porque todo esto es por ti. Hablo contigo, sonrío. Por dentro y por fuera.

Cuando estoy contigo me cogen agujetas de sonreír.

Por dentro y por fuera. Hacía tanto que no lo hacía… Sobre todo, por dentro.

Es como si tuviese un gran foco delante de mí. Me alumbra el camino.

El camino, hacia ti. Porque todo esto es por ti.

Ceno.

Me acuesto.

Sonrío.

Me duermo.

Sueño.

Camino soñando, sonrío dormido. Porque todo esto, es por ti.

Claroscuro (*)

Mis sentidos, inertes, contemplarán de nuevo atónitos tu metódica puesta en escena, aterciopelada como aquella canción que expropié a Calamaro para hacerla nuestra.

El silencio se cansará de la soledad compartida de nuestro juego de niños adultos y saldrá por la ventanilla para fundirse con otra de tantas noches tragicómicas, mientras tu sonrisa nerviosa, perenne pleonasmo, me sugiere tiritar por enésima vez desde aquel café hace nueve intermitentes años. Y volveremos a nacer bajo las lunas de metal.

¿Cómo trazar una línea cuando desconoces el punto de destino y, aún peor, el de origen?

R…

(*) Post invitado, gracias R… por compartir con nosotros tus letras. Esta es tu casa siempre que quieras.

Foto de castarco (http://www.flickr.com/photos/14716162@N08/1498702661/)

Una “X” roja

Una “X” roja en un cuaderno usado. Un banco mitad al sol, mitad en sombras. “¿En que se parece un cuervo a un escritorio?”

“Soledad norte más soledad sur”. Dos baldosas que encajan y, sin saberlo, forman parte del camino de un parque. Estatuas sin sentido pero llenas de significado. Pájaros que en lugar de trinar amartillean las horas de un reloj ya de por sí confuso.

El banco que se decide por el sol, las sombras que se van. O se iban, al fin y al cabo “bajo un ciprés sólo se cobija uno”.

Una “X” roja en un cuaderno usado. ¿Pasar página o intentar salvarla? Salvar la página, salvarla a ella.

El viento mece las palmeras que el sol insiste en achicharrar. Otra soledad, misma soledad sur.

Un teléfono que no suena, un miedo que crece.

Un banco al que no le queda más sombra que la propia. ¿Serán las sombras como el agua, que tiende a buscarse hasta el final? ¿Serán los finales como el viento, que no deja de rugir?

Una sombra pensativa, una “X” roja en un cuaderno usado, una página que no sabe si salvarse, un banco que alterna luces y sombras, un viento paciente y una mujer hermosa que no puede dibujarse porque hay una “X” roja en su cuaderno usado.

(*)PD: La magnífica fotografía es de India http://www.flickr.com/photos/creatuvida/3462778549/, muchas gracias por dejarme usarla.

La música acompaña (*) por Nightingale

La música acompaña y aprovecho para meditar. Disfruto de una felicidad ajena que luce en vuestros rostros. Siento lejos el calor humano, aunque la temperatura es agradable. El aroma de este te verde con flores me ha transportado a un momento romántico y echo en falta esos pies fríos que me acarician algunas noches en el sofá de casa. El local se va llenando y los murmullos aumentan. Cada vez oigo menos la melodía y… la magia se rompe…

(*) Texto invitado, escrito por Nightingale. Es un placer contar con tus letras en este espacio.

De invierno a primavera (I)

Invierno sombrío, sembrado de gris, como nunca antes lo estuvo. Turbio, de dudoso fin.

Cuando uno no tiene dónde agarrarse, la caída no termina.

Las mañanas comienzan con las sábanas agarrándome para que no huya. De veras que les haría caso si en ellas la noche no escondiese las mismas pesadillas que el día. Salgo a la calle, el paseo aguarda con esos arboles tristes de las fotos de antaño. El viento frío golpea la piel y me recuerda que sigo vivo, que estoy despierto, que esto es real. Los campos son desiertos de hielo, un fondo marrón y cuatro briznas de un verde que lucha con el blanco. Y pierde.

La jornada es como una terapia de hipnosis, mucho rato haciendo cosas sin sentido, que no recordarás más tarde. Vuelta al camino, ya ha oscurecido. Los árboles se asoman de dos en dos. Aparecen por delante, desaparecen por detrás.

Es como si tuviese un gran foco sobre mí.

Llego a casa. Ceno. Hago ver que no me importa no saber qué decir, no saber qué hacer. Me acuesto. El despertador me grita, las sábanas me agarran.