El Seductor

Siempre quise ser un seductor, lo reconozco. Supongo que por exigencias del guión, porque cuando lo demás no acompaña sólo te queda la labia. ¿Dicen que lo de hablar se aprende, verdad?

Como en tantas otras cosas, me equivocaba. Me equivocaba porque lo de seducir no es ciencia, sino arte. Me equivocaba porque también es cuestión de carácter. Si, además de las cursilerías que se derraman entre tus labios, eres de los que no puede pensar en nada distinto al amor… Está claro que lo de plantar la bandera y huir lo más lejos posible a anunciarlo, no es lo tuyo.

Y me equivocaba, sobre todo, porque no merece la pena. ¿Para qué, para tener un ego magnánimo que te agriete la piel desde dentro? En los retratos quedará muy bonita la mano Napoleónica, pero eso tiene que doler. Seguro que duele el vacío que te dejas en el cuerpo, en el otro. El que, mientras dormía, abandonaste en el último hotel; donde, bajo las sábanas, la calidez del sexo se enfriará hasta oler a la humedad de la esperanza rota.

linmer

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