Mentes abstractas

 

“Eres muy simpático con gripe” me dijeron ayer de forma irónica. Hoy he comprobado que es cierto, que el malestar general me tiene más irritable de lo habitual. Que me cuesta poner buena cara a los clásicos “yo-esto-no-sé-hacerlo” y a los “tenemos-que-hacer-esto-pero-yo-no-voy-a-ser-y-a-ti-no-te-voy-a-dejar”.

 

Nada extraño, por otra parte. Parece bastante lógico que si no te encuentras bien no tengas ganas de poner buena cara a cosas que de entrada nunca estuvieron bien. ¿Verdad? Porque no hay que darle demasiadas vueltas a la cabeza para encontrar en el mundo laboral muchísimas situaciones que no son ni justas ni coherentes.

 

Así que más que permitir que la lengua flagele a los indignos por pura frustración, lo que hago es preguntarme qué es lo que hace que estas personas no sean más que mentes abstractas. Desde el punto de vista de la falta de concreción: no concretan sus ideas, no ejecutan sus planes…

 

Si fueran arte serían forma, o color. Siendo estructuras vacías no pueden ni representar.

 

 

 

¿A dónde van las marcas de frenado?

Hace días que me fijo en las marcas de frenado de la carretera. Muchas indican claramente como el vehículo impactó contra la valla o muro de protección y rebotó hacia el lado contrario. Otras sólo van hacia afuera, sin rebote.

 

Y no puedo dejar de pensar en el punto en el que dejan de marcar.

¿Se detuvo?

¿Dejó de patinar la rueda?

¿O es que llega un momento en el que dejas de frenar?

 

Y es esta última pregunta la que te lleva a todo un mundo de nuevas preguntas. ¿Voluntario, inconsciente, inconsciencia, …?

 

Quizá el punto en el que los frenazos dejan de marcar, las huellas dejan de existir, las personas dejan de ser.

 

Quizá en esto último esté equivocado: cuando los frenazos de la vida te dejan de marcar, tus huellas empiezan a existir y tú, a ser.

 

Perspectiva

Llevo tiempo queriendo escribir un post, o dos, sobre lo que te aporta la perspectiva. Hay tantas cosas que agradecer, tantas reflexiones asentadas pero pendientes de emerger…

 

Así, por ejemplo, me quedó en el tintero un post de alabanza, de agradecimiento, que decía lo siguiente:

Así que sólo puedo decir que me parece valiente lo que haces, me pareces valiente tu. Me parece valiente la familia que me acepta y que acepta este rapto consentido. Huimos hacia lo desconocido, pero también hacia la felicidad.

Ese era el nudo, el final estaba sin escribir y el inicio no era más que un montón de piezas de relleno. Sin embargo, lo que importa, lo que debía decirse, acaba por salir. “Me pareces valiente”. Me lo sigues pareciendo en esa lucha contra la cotidianidad que parece no terminar jamás. A veces los sueños que no se tienen aparecen bajo el papel de regalo.

 

La perspectiva de conocer otros mundos, de haber recorrido otros caminos, de haber conseguido lo que buscabas esta vez. Lo mismo que buscabas las anteriores. Esta vez hubo valentía, hubo salto a lo desconocido. Muchas playas se parecen, en todas se escucha el mar y el sol tuesta la piel. Pero no siempre se calienta el corazón, a veces solo te llevas las quemaduras.

 

Perspectiva, al tiempo, de reconocer el valor de las quemaduras. De reconocer responsabilidades, de volver la vista sin juzgar. Como arena que arrastra el viento. Perspectivas que acumula el tiempo.

Sin pretenderlo y por casualidad

Hoy vengo a contar una historia que la mayoría ya sabe. Sólo por el placer de contarla:
 

Todo empezó como dicen que empiezan las grandes cosas, sin pretenderlo y por casualidad. Hacía tiempo que me apetecía ir a Istanbul y por avatares de la vida solo conseguí llegar al vestíbulo del aeropuerto esperando que se resolviese el conflicto con los controladores. No pudo ser, pero al cabo de un tiempo…

Otra oportunidad. “¿Hacemos algo estas vacaciones? ¿Estoy mirando Tokyo, te apuntas?”. Casualidad, como decía. Resultó que las ofertas eran engañosas y no estaba tan al alcance como parecía. “¿Y qué te parecería Istanbul?”. “Bien, pero que se apunta una amiga”. Sin pretenderlo. Y allí dónde iba una amiga, al final es otra. Por casualidad.

Hablar contigo -me permitiréis que me dirija directamente a ella-, por chat y sin conocerte de nada, fue una experiencia inusual. Conexión es quizá la mejor palabra que se me ocurre. Sentía que entendía lo que esperabas del viaje, lo que te apetecía hacer. Progresivamente, decir poco a poco sería mentir, salieron flecos personales que se entremezclaban con todo el asunto del viaje.

Empezó a darme más ganas conocerte que ver la ciudad en sí. Ahora quizá suene fácil decirlo, pero en aquel momento empezaba a ser sorprendente. Y empecé a pretenderlo. Esa conexión no era como para dejarla pasar. Nunca he creído en el destino pero uno debe aprovechar esos instantes donde surge la magia, la belleza a veces aparece en un rincón olvidado.

“¿Qué te parece si nos conocemos antes del viaje?”. No sé exactamente como pasé de pretenderlo a conseguirlo, quizá el arrojo también aparece en los rincones olvidados. Y así fue por mi lado del mantel, el resto lo conoces bien.  Casualidad. Pretenderlo… a eso puede que le diéramos la vuelta por el camino. Es como esas bolas de paisajes nevados: las agitas para que empiece a nevar y posiblemente no te sorprenda que lo haga, pero no dejas de admirar la escena.

Nuestro paisaje, el que nos ha traído hasta aquí, puede ser sorprendente. Lo que de verdad impresiona es la belleza del paisaje.

 A Ro

PD: Casualmente, en el preciso instante en que se ha publicado esta anotación hace un mes que emprendimos ese otro viaje, el que de verdad ilusiona. Quizá algunas cosas sí las pretendiera ;)

 

El cuaderno

Coloreabas, entre absorto y despistado, un cuaderno antiguo, desgastado por el uso. -En realidad sólo es una funda de piel, las hojas se compran en bloc, como recargas, es de los pocos fetiches que tengo- me decías con media sonrisa, como quien cuenta la historia a medias, como si los arañazos sobre la piel del cuaderno pudiesen explicar todo lo que callabas.

Era tu forma de inspirarte, buscabas así tu próxima creación. Quizá no era arte, pero siempre era una obra. -Aprovechar bocetos, ideas y conceptos de tu propio trabajo es plagiar a alguien que se dará cuenta- solías decir en las fiestas, riéndote de la gravedad que muchos de los eternos presentes se arrogaban.

Así te conocí unos años atrás, coloreando, en alguna cafetería del centro. Es curioso como a veces se pierden los detalles de las cosas más trascendentes. Pero así soy yo, me centro más en las emociones que en los hechos, puede que sea lo que nos une y nos separa al mismo tiempo. Por eso recuerdo que coloreabas en un cuaderno, pero no en qué cafetería ni qué hacía yo allí, tan lejos de todo. Probablemente tú recordarás qué buscabas entre todos esos bosquejos, por qué habías preferido trabajar en la mesa de mármol de una cafetería ruidosa en lugar de en tu estudio.

-Los hechos no sugieren una emoción, pero los dibujos sí. Sólo hay que saber leerlos- me dijiste en una ocasión. Lo recuerdo, porque es de las pocas veces que sentí que significaba algo para ti, que era algo que me decías de corazón, casi un consejo vital. Normalmente ibas derramando frases que dichas por cualquier otro podrían parecer una guía filosófica, una venta de ideas por aparentar, propaganda barata y vanidosa. Pero tu voz era siempre sincera y lejana, se notaba que a menudo pensabas en voz alta, dejaba de importarte quién te acompañase y volvías a quedar atrapado en ese mundo de trazos débiles e ideas fuertes. Nunca tuve claro si te adentrabas en él para refugiarte o bien si te atrapaba de improvisto y lo que tratabas era de huir.

Huir. Quizá era eso lo que hacía en esa cafetería, tan lejos de todo. Cuando te conocí coloreando ese cuaderno y me asomé a tu vida, podría ser que buscase sentido a la mía. Seguramente fue eso lo que me hizo querer saber más de ti. Años después, sigo mirando desde el otro lado del espejo. Sigues coloreando, buscando tu obra. Y yo, sin saber cómo sacarte de él.

Fotografiando el camino

Hace mucho tiempo que me gusta la fotografía. Podría decirse que toda la vida. Recuerdo que de pequeño me encantaba usar la pequeña cámara compacta, obviamente de carrete. Recuerdo lo feliz que fui la primera vez que me dejaron que me la llevase a una excursión. Tengo imágenes de mi padre enseñándome su cámara réflex, mostrándome los diales con los que se controlaba.

Es curioso, creo que en algún momento de la adolescencia borré todos esos recuerdos felices de la infancia. Los de la fotografía y los otros. En algún momento me perdí en esa espiral de sombras que te deja desnudo frente a la vida adulta. O así me sucedió a mí. Fue sin darme cuenta, no era consciente de ello. Poco a poco, tras las sucesivas introspecciones, buscando lo que todos buscamos sin saber qué es, me di cuenta de que había algunas cosas felices que quedaron atrás. Cosas que quizá no era demasiado difícil recuperar.

De las cosas perdidas, una era la escritura. Había vuelto sola. Es algo que viene y va, que me posee y me abandona. Otra era la fotografía. Decidí que me compraría una cámara compacta. Ya asentada la era digital, ahora era mucho más barato practicar hasta conseguir algo medianamente decente. Maldito perfeccionismo, aún me acompañaba. Y lo hice. Me compré una cámara compacta digital y empecé a hacer fotografías por hacerlas, por practicar. Luego aprovechando cualquier excusa, cualquier viaje para hacer todas las fotos posibles. Nunca personas, siempre arquitectura o paisaje. Soy así. Busco lo artístico y a veces olvido lo real. Últimamente, ya había llegado el punto en el que organizaba excursiones o viajes sólo como excusa para poder hacer fotos. De complemento a motivo. Era hora de dar un paso más. Al fin y al cabo, ¿cuántas cosas que te proporcionen felicidad están únicamente en tus manos? (Llegado este punto, debo reconocer que esta reflexión se la debo a una amiga)

Así que por fin lo he hecho. Me he comprado una cámara réflex digital. Y el primer hito importante será Istanbul, con su Gran Bazar, su Mezquita Azul, su Aya Sofia, su Cuerno de Oro  y todas esas otras cosas que nos quiera mostrar. Mientras tanto, seguiré fotografiando el camino. Seguiré desandando la vida hasta esa felicidad que algún día tuve, en esa infancia olvidada.

PD: La fotografía que encabeza esta entrada corresponde a la primera salida con la nueva cámara. Podéis ver el resto de las fotos aquí: http://www.flickr.com/photos/mikypetit/sets/72157625403255838/

Por razones que desconozco

Por razones que desconozco dejé de escribir. Poco a poco. Por despiste, por vagancia. Olvidé lo que gratifica que un montón de amigos y desconocidos escruten los significados ocultos entre líneas, buscando eso que intuyen que no me atrevería a decir.

Lo cierto es que hay pocas cosas que no me haya atrevido a decir en este escaparate. He relatado añoranzas por seres queridos fallecidos, ilusiones solitarias, pasiones compartidas, recuerdos de niñez. Y sin embargo, siempre escribí ficción.  Los que me conocen saben que, aunque sí que en cierto momento tuve esa ilusión, lo de ser escritor siempre me ha parecido algo inalcanzable y para lo que se requiere una constancia que nunca he practicado.

Por razones que desconozco, sintiéndome bloqueado y atrapado, me parece que convertir de nuevo la escritura en vía de escape pueda ser una ayuda. Para resituarme y reconstruirme. Para volver a ser lo que quizá no había conseguido ser. Para colocar de nuevo la vida en su sitio, entre el hambre y la comida.

Por razones que desconozco, casi por impulso, he decidido retomar este espacio y convertirlo en lo que en realidad siempre debió ser: un espacio personal. Así que con esta parrafada que os he soltado, doy por reinauguradas las sombras, doy por reconvertida su misión.

Que se apague la luz, que se encienda el camino.